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sábado, 18 de mayo de 2013

Sudáfrica 5 (2012) Kruger 4, Fauna “esteparia”

Alcaraván del Cabo (Burhinus capensis). C. Aguilar
El paisaje del Kruger es bastante más boscoso de lo que yo había imaginado, pero tampoco es homogéneo. Los fuegos naturales modelan la estructura del paisaje abriendo claros que facilitan los pastos. Aun así, en todo el recorrido solo vimos un lugar donde había restos de un incendio de la temporada anterior. Aprovechando ese hábitat pudimos ver un alcaraván de El Cabo (Burhinus capensis) que recorría un ambiente más a su medida. En todo caso no suelen ser pastos muy extensos, a menudo son parches herbáceos intercalados en un paisaje donde domina la cobertura de matorrales o de arbolado disperso. Sin embargo es lo suficiente para que algunas especies de aves que nosotros teníamos por “esteparias”, o al menos de amplios medios abiertos, prosperen.

Avutarda kori (Ardetis kori) apeonando. C. Aguilar
De primeras sorprende encontrarse con una preciosa avutarda kori (Ardeotis kori) caminando majestuosa entre parches abiertos en el arbolado. No parece que ese sea su hábitat más óptimo, pero en realidad nos acercamos a muchas especies con los prejuicios que traemos de otras aves similares de nuestras latitudes o por la imagen que nos formamos en los documentales. Tampoco habríamos dicho que esos herbazales altos entre el arbolado fueran el lugar para sisones, y por allí vimos cantando a los sisones moñudos (Lophotis ruficrista) y ventrinegros (Lissotis melanogaster) con una confianza que sí nos recordaban a nuestros sisones ibéricos, cuando los ves desde un coche.


Tremenda avestruz (Struthio camelus) C. Aguilar
Un ave espectacular que tampoco habría imaginado caminado por allí fue el avestruz (Struthio camelus), una especie que me pareció que tenía un tamaño descomunal. No visito habitualmente zoológicos ni instalaciones similares, de modo que de algunas especies emblemáticas no tengo referencias reales hasta que consigo verlas en su hábitat natural, aunque para mucha otra gente puedan ser familiares en un zoo. Y ese fue el caso del avestruz para el que fotos y documentales no permiten hacerte una idea cabal de su corpulencia, o al menos así me ocurrió a mí. Siguiendo con estas aves de medios abiertos, conduciendo lentos por una pista en una ocasión estuvimos a punto de atropellar a unas gangas bicintas (Pterocles bicinctus). 

Ganga bicinta (Pterocles bicintus) . C. Aguilar
Fue una situación cuando menos insólita pues las gangas que tenemos en la península Ibérica, son de los bichos más esquivos que hay y se ven casi siempre a larga distancia. Tan centrados íbamos en buscar animales en los claros a ambos lados de la pista, que  no advertimos que varias gangas estaban echadas en suelo en el propio camino y no tenían ninguna intención de moverse de allí. Incluso aunque pasáramos por encima con el coche. Afortunadamente Héctor, que iba más atento a la conducción, las vio en el último momento y frenó en seco. Como si no fuera con ellas salieron andando tranquilamente hacia la cuneta de entre los bajos del coche, vaya susto y ... ¡vaya fotos!.

viernes, 10 de mayo de 2013

Sudáfrica 4 (2012) Kruger 3, Elefantes y calaos

Manada en el sur con buenos pastos. C. Aguilar
Uno de los animales más "famosos" de la fauna africana es el elefante, y no por saber que lo vas a ver deja de sorprenderte la primera vez que lo encuentras. Vimos uno nada más cruzar la puerta de Punda María en el norte, un ejemplar rugoso, imponente, con los flancos manchados con tierra roja de recostarse en el suelo. Con su trompa iba zarandeando las ramas de los árboles y descortezándolos sin ningún miramiento. Así, entendíamos mejor la forma de muchos de los árboles del mopane arbustivo que veíamos rotos y tronchados en algunas zonas del parque. También “segaba” manojos de hierba con su trompa con la eficacia de una guadaña.



Elefante sacando agua del suelo en el norte. C. Aguilar
Una de las mejoras típicas en los parques con periodos secos acentuados es la creación de puntos de agua. En el Kruger solíamos ver pequeños molinos de viento asociados a bombas de aguas que sacaban agua del subsuelo y la almacenaban en tanques de cemento. Ese agua iba manando poco a poco a un abrevadero al que acudía la fauna en épocas secas. En la zona norte, la más seca, los elefantes habían descubierto que era mejor succionar directamente del tanque, en realidad solo ellos podían hacerlo. También vimos a los elefantes escarbando con su trompa en el lecho seco de los ríos hasta dar con el nivel freático, una imagen sorprendente.


Matriarca con su grupo advirtiéndonos. C. Aguilar
Lo cierto es que los elefantes no son escasos en el Kruger, el último censo arrojó una cifra 13.750 individuos en 2010-11 así que no eran difíciles de ver. A parte de ejemplares solitarios, solíamos encontrar manadas de hembras con crías. Estos animales son más peligrosos de lo que uno pueda pensar y aunque la mayoría de las veces se muestran apacibles, en los campamentos te dejan bien claro que mantengas las distancias. Lo normal es que se dejen acercar mucho, pero si el animal da indicios, aun sean mínimos, de estar receloso hay que evitar invadir su espacio. Lo comprobamos en varias ocasiones, especialmente una vez que una manada iba a cruzar la pista.



Advertencia de pelibro en campamento. C. Aguilar
Llevábamos vistos bastantes elefantes y ante ese grupo intentamos adelantarlos antes de que cruzaran la pista. En ese momento, la matriarca se puso en medio y nos advirtió con su actitud de que debíamos esperar. Entendimos el mensaje y lo respetamos, pero una semana más tarde en otro parque nacional, en Infolozi, la hembra de un grupo que se había asustado por un grupo a pie con un ranger, nos cargó sin apenas percatarnos hasta tenerla corriendo frente a nosotros. Afortunadamente, los rápidos reflejos de Javier al volante conduciendo a toda velocidad marcha atrás, nos libraron de un percance. A veces a otra gente no le ha ido tan bien, hay quien comente una imprudencia y no lo ve venir. 

Calao (Bucorvus leadbeateri). César Aguilar
Otros “damnificados” de los elefante en el Kruger son los calaos terrestres (Bucorvus leadbeateri), un ave espectacular que en Sudáfrica está en regresión con solo 1500-2000 ejemplares. Pudimos ver varios grupos en distintos lugares, pero se calcula que en el Kruger no hay más de 150 grupos formados de normal por 2-8 ejemplares con una hembra dominante. La alta densidad de elefantes y sus daños al arbolado parece que estan reduciendo la disponibilidad de árboles viejos con huecos que necesitan los calaos para críar. Esta especie es sorprendentemente longeva, pudiendo vivir 50-60 años. Los grupos que vimos se mostraron muy confiados, experiencia “vital” no les faltaría con esa larga longevidad.

viernes, 3 de mayo de 2013

Sudáfrica 3 (2012) Kruger 2, Impalas a miles, ruanos a decenas

Francolín (Francolinus sephaena). C. Aguilar
Entre los campamentos de Punda María, en el norte del parque, y Letaba en el centro, no hay más de 180 Km. Sin embargo, nos llevó dos días recorrer esa distancia. Lo hicimos con una noche en el campamento intermedio de Shingwedzi y es que el parque no es como para ir con prisas. De ahí seguimos bajando haciendo 5 noches más en Letaba, Satara, Skukuza, Lower Sabie y Berg-en-Dal, 330 km más por la carretera principal. Pero el gusto del Kruger es “perderse” por las pistas secundarias con las expectativas de que en cualquier sitio puede aparecer algo inesperado, de modo que hacer un recorrido así lleva varios días. De norte a sur hay un gradiente de humedad que pudimos ver muy bien a finales de octubre cuando acababa de comenzar la época de lluvias.

Vistas desde el cerro Dzundzwini. César Aguilar
Mientras en el norte los pastos y ríos estaban aún secos, a medida que bajábamos todo comenzaba a reverdecer y, aunque era pronto para ver caudales altos, ya había más agua en los ríos del sur. En el suelo seco del norte, y rebuscando entre los excrementos de elefantes, era muy común observar varias especies de francolines. Ahí estaban el francolín capirotado (Francolinus sephaena), el de Natal (Francolinus natalensis) y el de Swainson (Francolinus swainsonii). En cuanto a mamíferos, el más común en cualquier recorrido por el Kruger es sin lugar a dudas el impala (Aepyceros melampus). Lo más habitual era ver un macho con su harén de hembras o grupos de jóvenes.

 
Macho de impala con su extenso haren. C. Aguilar
Su número es descomunal, según los gestores del parque en 2010-11 se estimó que había entre 132.300 y 176.400 impalas ¡casi nada!. ¿Y cómo es posible un rango tan amplio? pues solo hay que imaginarse en la tesitura de tener que censar un territorio de unos de 20.000 km2 que es lo que tiene el Kruger. Para los oriundos del valle del Ebro como yo, que todo lo comparamos con nuestra superficie “de cabecera” (La Rioja), los gestores del Kruger tienen el desafío de decir cuantos bichos hay en nada menos que un territorio boscoso del tamaño de 4 “Riojas” ¡vaya marrón!. El siguiente mamífero más abundante por allí es el búfalo (Syncerus caffer) aunque en un número 3-4 veces menor que impalas,  37.130 en el último censo.

  Ruanos (Hippotragus equinus). César Mª Aguilar
En orden de importancia están las cebras (Equus quagga), 23.700-35.300, y luego los kudus (Tragelaphus strepsiceros), 23.700-35.300. Pero hay otras especies que son muchísimo más escasas como sucede con algunos antílopes y por ello están más “cotizados”.  Pensábamos que ese era el caso de los nialas (Tragelaphus angasii), así nos lo había advertido José, pero al menos en la zona norte eran sencillos de ver  aunque no numerosos. Algo llevado al extremo eran los ruanos (Hippotragus equinus) unos antílopes muy escasos que pudimos ver en un pequeño grupo y que según los censos del 2010-11 no debiera haber más de 90 ejemplares. Si estaban en lo cierto lo nuestro fue toda una suerte.

Mangosta esbelta (Galerella sanguinea). C. Aguilar
Los primeros días también pudimos dar con un par de especies de mangostas de lo más confiadas. Mi experiencia en Sri Lanka viendo mangostas y con los meloncillos en el sur de España es que estos animales siempre pasan en un visto y no visto, a toda velocidad, con su rápido caminar pegados al suelo. Así que encontrar en varios lugares del Kruger grupos de juguetonas y curiosas mangostas enanas (Helogale parvula) y esbeltas (Galerella sanguinea) fue un placer. Hasta pudimos sacar buenas fotos, algo que se me hacía raro.


 

viernes, 26 de abril de 2013

Sudáfrica 2 (2012) Kruger 1, Entrada por Punda María

Águila cafre (Aquila verreauxii). Oscar Gutiérrez
De Johannesburgo al Kruger, el paisaje invitaba a parar a cada poco, pero de habernos dejado llevar por nuestros deseos no habríamos llegado nunca. Aun así, de camino pudimos observar volando el único secretario (Sagittarius serpentarius) que veríamos en todo el viaje, un ave nada fácil como ya nos habíamos informado. Otra especie que también teníamos por difícil, y que para la mayoría del grupo era un objetivo, era el águila cafre (Aquila verreauxii). Sin embargo la vimos desde una cuneta en la primera parada para echar un bocado. Junto a un precioso afloramiento de granito rosado, Diego puso sus prismáticos en dirección a uno de esos bolos y zas! allí estaba esperándonos para ser observada. ¡Vaya subidón!, si así empezábamos, el viaje sudafricano prometía.

Bosques de mopane y baobabs. Foto: C. Aguilar
Aún hubo más especies y alguna parada adicional antes de llegar al Copacopa, el alojamiento donde dormimos antes de entrar al parque por Punda María. Al día siguiente, bien temprano, salimos para estar en la puerta del parque a la hora de apertura, las 5:30 h. Pronto empezarían los problemas con la rueda del coche en el que íbamos Oscar, Javier y yo. Un pinchazo en el Kruger puede ser un quebradero de cabeza y nuestra rueda medio desinflada amenazaba con aguarnos el día . Allí no puedes bajarte a cambiarla, debes avisar a un campamento para que venga un ranger armado a estar contigo. Bajo ningún concepto quieren que nadie se baje en los caminos. Con ese incidente, los dos coches fuimos cada uno a nuestro aire aunque nos juntamos a la tarde en la parte norte.


Kudus (Tragelaphus strepsiceros). César Aguilar
El paisaje que nos encontramos en el sector norte del Kruger era muy distinto a lo visto en la carretera de acceso. Todo estaba bastante más seco que en Johannesburgo, en el parque parecía que las lluvias no habían llegado aún, aunque el arbolado estaba comenzando a brotar. Casi todo era un árbol caducifolio llamado mopane (Colophospermum mopane). Destacaban pequeñas sierras con otro tipo de arbolado más denso y de vez en cuando algunos gigantescos baobabs (Adansonia digitata). Comenzamos a ver algunos ungulados como cebras (Equus burchelli), impalas (Aepyceros melampus), kudus (Tragelaphus strepsiceros) y nialas (Tragelaphus angasii), también los primeros elefantes (Loxodonta africana). 

Carraca lila (Coracias caudatus) Foto: C. Aguilar
Disfrutamos con aves como el águila marcial (Polemaetus bellicosus), la carraca lila (Coracias caudatus), el toco piquigualdo sureño (Tockus leucomelas) o el cernícalo dorsinegro (Falco dickinsoni), entre un montón de especies nuevas. El paisaje en general estaba bastante seco, así que en las pozas de agua del puente de Pafuri, los mamíferos se concentraban en una cantidad mayor a la que estábamos acostumbrados. La verdad es que ver allí mamíferos no es sencillo al principio, uno lleva la imagen preconcebida de que todos los parques africanos deben ser como las extensas sabanas de Kenia y Tanzania, pero no es así.


Aguila marcial (Polemaetus bellicosus). C. Aguilar
En el Kruger el hábitat boscoso lo ocupa todo y son escasas las zonas abiertas donde puedas tener amplias vistas. Las observaciones se van produciendo a salto de mata y poco a poco a medida que vas recorriendo los numerosos caminos.  Hay carreteras asfaltadas, buenas pistas de tierra y luego están los “loops”, pequeños recorridos circulares para acercarte a un punto de agua, una ribera o un lugar con vistas. Cuantos más kilómetros haces allí más posibilidades hay de encontrar distintas especies. Así, con el transcurrir del día íbamos sumando observaciones desde la ventanilla del coche.



domingo, 21 de abril de 2013

Sudáfrica 1 (2012) Un recorrido por el noreste del país


Izda a dcha Héctor, Jose, Oscar, Diego, César, Javier
El pasado mes de octubre de 2012 partíamos hacia Sudáfrica un grupo de cuatro amigos del Grupo Ornitológico de La Rioja (Javier Robres, Oscar Gutiérrez, Héctor García y yo mismo) más un par de amigos navarros (José Ardáiz y Diego Villanúa) que no quisieron perderse el viaje. Javier y yo llevábamos tiempo pensando en hacer un gran viaje de naturaleza pero sin un destino concreto, hasta que Sudáfrica cayó en nuestra lista de deseos. A partir de ahí nos obsesionamos con ese destino. Sudáfrica es un país inmenso con una gran variedad de paisajes (desiertos, regiones mediterráneas, grandes montañas, sabanas…), así que había que acotar la zona a visitar en una estancia de 17 días.

Cebras en el boscoso parque Kruger. C. Aguilar
Nuestra idea no era ir corriendo de un lugar a otro intentando ver todo lo posible, sino centrarnos en una zona manejable. Así,  fijamos el Parque Nacional Kruger como nuestro objetivo. Uno de los atractivos de ese parque es que, a diferencia de otros grandes parques africanos, allí existe la posibilidad de entrar con tu propio coche y moverte libremente viendo fauna. Es así en la mayoría de los parques sudafricanos ya que tienen excelentes infraestructuras de uso público (carreteras, pistas, señalizaciones, hides…) que te facilitan que puedas hacerlo sin problemas y con un turismo. Eso sí, allí las normas son "sagradas" y hay que ceñirse a ellas si no quieres tener problemas.


Encuentro con los ranger del Kruger. C. Aguilar
Su cumplimiento te evita incidentes con la fauna, pero sobre todo que te caiga una buena multa de los rangers y, según la norma que infrinjas, hasta te pueden expulsar del parque. La norma fundamental es que no es posible bajarse del coche, salvo en los hides, áreas de picnic y puntos panorámicos. Tampoco se puede circular a más de 40 ó 50 km/h según la pista, y todas las tardes has de haber salido del parque o estar dentro de un campamento antes de la hora indicada en los paneles. Entre los atractivos del sitio está que es lo suficientemente grande como para pasar muchos días dentro. De norte a sur tiene unos 350 km y su anchura ronda los 65 km. Nosotros planificamos un recorrido empezando por el norte y bajando hasta el sur en 8 días cambiando cada noche de campamento.

Hicimos todas las reservas con antelación, ya que de lo contrario es muy probable que no tengas sitio. Nuestro invierno es su temporada alta, así que tuvimos que trazar antes de ir el  recorrido con tiempo para hacer las reservas sin problemas. Tras el periplo por el Kruger, tres miembros del grupo (Héctor, José y Diego) regresarían a Johannesburgo para coger el avión de vuelta a España. Sus días de vacaciones se acababan. Los tres restantes (Javier, Oscar y yo) seguimos ruta sin reservas, sobre la marcha. Primero cruzamos el país de Suazilandia y regresamos a Sudáfrica por la región de Kwazulu-Natal hasta la población de Santa Lucía en las costas del océano Índico.

Carretera Johannesburgo-P.N. Kruger. C. Aguilar
El primer día, según aterrizamos en Johannesburgo, nos dirigimos en dos coches alquilados hacia el noreste del país a la entrada del Kruger de Punda María, a más de 600 km. Lo primero que me sorprendió al circular por las carreteras sudafricanas fue la buena conservación del paisaje. Los parques nacionales tendrían gran fauna, pero esos cientos de kilómetros que recorrimos tenían un hábitat espectacular. Zonas de acacias frondosas con aspecto de dehesas del sur de España en abril. Las lluvias habían hecho su aparición unas semanas antes y todo estaba de un verde exuberante. El paisaje era una sucesión de lomas onduladas y cordales montañosos completamente forestales, muy pocas poblaciones y casi nada transformado para agricultura.

sábado, 13 de abril de 2013

Un naturalista y otras bestias (libro)

Un naturalista y otras bestias.
Relatos de una vida al natural.
George B. Schaller
Editorial Altair
ISBN:978-84-937555-3-9 
(Biblioteca Pública de La Rioja 59 SCH nat)

¿A qué naturalista no le gustaría vivir la vida de Schaller?..., a mí desde luego que sí. George B. Schaller ha trabajado con la Wildlife Conservation Society de Nueva York, durante más de medio siglo, por todo el mundo con las especies más emblemáticas. Desde luego ha sido un pionero, un buen divulgador y un perseverante conservacionista que ha dirigido sus estudios de campo para servir de base a la preservación de los animales y sus hábitat. Segun la National Geographic Society es el mayor defensor de la naturaleza y de acuerdo a Peter Matthiessen, el escritor, el mejor biólogo de campo de todos los tiempos.

En este libro recoge y ordena un buen número de crónicas cortas de sus estudios escritas en diferentes momentos de su vida. Por sus páginas pasan los relatos del seguimiento de los cabirús de Alaska, los de los gorilas de montaña en los volcanes Virunga, antes de que llegara por allí Dian Fossey, o los seguimientos de felinos tan emblemáticos como el jaguar en Sudamérica, el tigre en India, el guepardo en el Serengeti o el leopardo de las nieves en Asia. También otras especies menos conocidas de ungulados de las selvas del sudeste asiático de las que poco se sabía hasta el momento en que él las estudió. Vivencias tras la fauna por los continentes de América, África y Asia, todas en parajes naturales de gran atractivo.


Las numerosas publicaciones de Saller sobre la fauna mundial apenas han tenido traducción al castellano, así que se agradece esta compilación . Como naturalista y biólogo, la vida de Saller es admirable y envidiable. Con este libro, al menos podemos soñar e imaginar todos esos paisajes y especies que quizás no lleguemos a ver (o algunas quizás sí) diseminadas por el ancho mundo. Un mundo con una exuberante biodiversidad de la que Schaller ha sido un observador de primera fila en el último medio siglo.
 

viernes, 5 de abril de 2013

Leviatán o la ballena (Libro)


Leviatán o la ballena
Philip Hoare
Atico de los libros. 2010
ISBN 978-84-937809-4-4
(Biblioteca Pública de La Rioja 599-HOA lev) 

Los viajes con un libro a mano se disfrutan más, así que en viaje a Sri Lanka del verano del 2012 dudé cuál llevarme  y al final me decanté por este del que había leído tan buenas críticas. Las costas de Sri Lanka fueron el primer lugar del mundo donde se hizo una filmación de cachalotes en su medio natural y eso no fue hasta el año 1984, mucho después incluso de que el hombre hubiera llegado a la luna. Nosotros ya por el espacio y aún ni siquiera habíamos documentado en su hábitat a uno de los animales más grandes del planeta, ese es el abismo de conocimiento que ha habido, y aún hay, con buena parte de los habitantes del océano. Aunque las costas de Sri Lanka son buenas para ver varias especies de ballenas, la época del monzón en que viajamos nos impidió disfrutar de ellas en las playas del suroeste. Sin embargo el libro me acercó a unas fascinantes historias en torno a los desconocidos cetáceos en los ratos de ocio frente al mar Indico, en los desplazamientos en tren y autobús y en la ida y vuelta en avión.


El libro no es un libro de viajes al uso, pero contiene varios viajes del autor por las principales costas con tradición ballenera. Entre ellas, las Islas Británicas, Estados Unidos y Azores. Esos viajes no son el centro de la narración pero se dejan ver a flashazos entre las líneas del texto, discretas. Son el camino para acceder a las historias de personajes de cuando hombres y ballenas entablaban batallas cuerpo a cuerpo en medio de los océanos. Tampoco es un ensayo en el sentido estricto de la historia natural de las ballenas o de la historia de su persecución durante varios siglos, pero hacia ahí miran buena parte de sus páginas. 

El hilo conductor es la obra cumbre del escritor Herman Melville: Moby Dick. Philip construye su libro a partir de las referencias a ese clásico y a su época, por ello hay algo de ensayo literario en este "Leviatán o la ballena". También deja en el texto su impronta más intima y personal del periodo de vida en que lo fue escribiendo. Para mí se trata de un libro que ha conseguido sorprenderme a cada poco, con una narración que gira y se bifurca cada rato, nada lineal y que, como ya han recogido otros en sus críticas, bebe de las fuentes de la literatura de viajes por excelencia, la de Bruce Chatwin.